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Por
el tiempo urbano de El Perro faldero deambulan ladrones mágicos,
terroristas con manos de tahúr, sicarios educados, eternos aprendices
del golpe perfecto, administrativos iluminados, ejecutivos de corte impecable,
inmobiliarias sin escrúpulos, mujeres impacientes, camellos de guante
blanco, solitarias divas, atracadores acosados por la incredulidad, psicópatas
de costumbres cosméticas, hetarias sin futuro y con pasado, leyendas
de los mares, perros delatores, familias sorpresivamente tradicionales,
pistoleros racistas, policías cautelosos, antropófagos involuntarios,
refinados carteristas y como dice Alfons Cervera en el prólogo lo
que más se te cuela en este tiempo es cómo iran los personajes
de estos relatos. Cómo se han pasado las hojas mirándose unos
a otros, cara a cara, a la nuca antes de disparar el tiro de gracia, a los
ojos sólo para meter por ellos la aguja del amor o la del daño:
porque aquí nunca hay nada de un solo color. Todo se tiñe
de la noche y el día, de las sombras y de las luces que duelen en
la espalda al dejar atrás el cuerpo lleno de cansancio, de la prisa
y la lentitud que buscan el final con la precisión y la minuciosidad
del entomólogo que todo lo apuesta a la última jugada. |
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